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La ecología política, ¿remedio a la crisis de lo político?
Alain Lipietz
Introducción. Desde los años ochenta, un sentimiento de impotencia
se difundió por todo el globo, pero en particular en los
países que venían de una experiencia democrática. El voto
parece no tener sentido: después de la elección, todos
los dirigentes adoptan, a pesar de las promesas, "la sola
política posible, dictada por las exigencias de la globalización".
Y ésta lleva a la mayoría una serie de problemas: inseguridad,
pobreza, exclusión...
Este sentimiento de "vaciamiento de lo político" tiene
una doble dimensión: en los contenidos de lo que se llama
la "política", o sea "lo que se hace", las estrategias
y los objetivos parecen reducirse a la infrapolítica,
a la simple optimización de la competencia, que parece
traducirse en el abandono de toda pretensión social; en
las formas y los espacios -lo que se llama "lo político",
o sea "cómo y con quién se hace"- la definición misma
de la polis
de los hombres y las mujeres parece reducirse a una serie
de individuos en competencia, apenas atemperada por reglamentaciones
abstractas caídas del cielo (de Bruselas, de la OMC) y,
en general, desfavorables.
Pero la sociedad no es un mercado. El deseo, la necesidad
de sociedad, se traducen en reacciones identitarias: integralismos
en el Tercer Mundo, populismos autoritarios y xenófobos
en el Norte. En Francia y mas todavía en Austria, la mayoría
de los países europeos conoce desde los años ochenta y
noventa tendencias de este tipo.
El ascenso del Frente Nacional en Francia parece haber
sido bloqueado por sus propias contradicciones y sobre
todo por las esperanzas suscitadas por los éxitos de la
izquierda plural en Francia. En las elecciones europeas
de 1999, los Verdes franceses conocieron un crecimiento
espectacular, como si, después de quince años de desesperanza,
la "necesidad de política" renaciera y se dirigiera hacia
la ecología política.
Extraña elección, pensarán muchos. ¿No es comunmente percibida
la ecología como un rechazo simplista de la política y
de lo político, una atracción íntima hacia las flores
y los pájaros? Vamos a rectificar esta imagen y redefinir
lo que es la ecología como política, para después analizar
que aporta una respuesta a la crisis de la política y
de sus contenidos, a la crisis de lo político y de sus
formas.
¿Qué es la ecología política?
La palabra "ecolo", de uso corriente en Francia, se refiere
a la visión reductora y caricaturesca de la ecología por
una gran parte de la opinión pública. Se pasa además
de la derisión a la perplejidad cuando a la palabra ecología
se añade el término política. No hay duda
de que la ecología política, a los ojos de esta opinión
pública por lo menos, no adquirió un status de "noción clara
y distinguida". ¿Qué es entonces la ecología? ¿Y qué es
la ecología política?
¿Qué es la ecología
?
Según el Petit Robert, este término aparece en la segunda
mitad del siglo XIX. Término de biología, la ecología
es -en su origen- una disciplina científica. Es la ciencia
que estudia la relación triangular entre los individuos
de una especie, la actividad organizada de esta especie,
y su medio ambiente, que es a la vez condición y producto
de esta actividad, condición de vida de esta especie.
El ecologista que se interesa por los castores se dedicará
a analizar su relación con el medio en donde viven: el
bosque, los ríos, pero también las barricadas que construyen,
o sea la naturaleza transformada por su actividad. Mirará
la capacidad de ese sistema de subvenir a las necesidades
de la población de castores, la manera como esa población
se reproduce, se organiza, etcétera. Aplicada al hombre,
la ecología se vuelve el estudio de la relación entre
la humanidad y su ambiente, o sea la manera cómo la primera
transforma al segundo y éste permite a la primera sobrevivir.
Así como el ambiente de los castores no se reduce a los
bosques y a los ríos, el ambiente de los hombres no es
simplemente la naturaleza salvaje, sino que incluye también
la naturaleza transformada por su actividad. La ecología
humana es, entonces, el análisis de la interacción compleja
entre el medio ambiente (medio de vida de la humanidad)
y el funcionamiento económico, social y político de las
comunidades humanas.
En eso reside la diferencia significativa entra la ecología
de la especie humana y la ecología de las demás especies
animales. Los hombres, en efecto, son animales no solamente
sociales sino también políticos. Desde su origen la ecología
humana tiene otra característica específica que se remonta
al principio de la humanidad, al homo
habilis: la capacidad de producir utensilios. Aunque
algunos chimpansés mostraron su capacidad de transformar
ciertos objetos en utensilios, éstos siguen siendo muy
rudimentarios. El hombre, al contrario, no ha dejado de
mejorar sus utensilios y por ende su capacidad de acción
y de transformación de su medio, por la vía de la "domesticación"
de plantas y animales desde la revolución neolítica. Durante
miles de años, se trató simplemente de luchar contra el
hambre y la intemperie. Vivir lo más posible en armonía
con el orden del mundo, tal parecía ser la sabiduría de
esos hombres. Pero desde alrededor de cuatro siglos ocurrió
un viraje radical: antes se trataba de someterse al orden
de la naturaleza, después de doblegarla a nuestros deseos.
La marcha de la ciencia y de sus aplicaciones técnicas
no han terminado desde entonces para fomentar el sentimiento
de los humanos de ser realmente "maestros y propietarios
de la naturaleza". En el curso de la segunda mitad del
siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial, este movimiento
de emancipación llegó a sus límites. Los milagros de la
técnica y de la tecnología empezaron a mostrar lagunas;
accidentes "imprevisibles" se multiplicaron y extendieron
sus efectos a la escala planetaria (mareas negras, Chernobyl).
Mientras que los primeros gritos de alarma del Club de
Roma, en los años setenta, ponían todavía el acento en
la insuficiencia de los recursos naturales, los trabajos
científicos más recientes ponen énfasis en los graves
desequilibrios ecológicos que generan las contaminaciones
industriales (destrucción de la capa de ozono, efecto
sierra, crecimiento de los océanos, calentamiento del
clima). La toma de conciencia de los efectos perturbadores
de la actividad humana y del progreso técnico -fuera de
los accidentes- creció y se extendió. El crecimiento de
esta nueva inquietud llevó a cierto número de observadores
a intentar discernir mejor los mecanismos económicos y
políticos generadores de desequilibrios ecológicos.
Es sobre esta base conceptual e histórica de la ecología
como se constituyó la ecología política; ésta se profundizó
después en un análisis crítico del funcionamiento general
de las sociedades industriales avanzadas, análisis que
dio lugar a una reflexión paralela acerca de los medios
necesarios para avanzar hacia otra forma de desarrollo.
De la ciencia a la política
El paso de la ciencia a la ecología política introdujo
la cuestión del sentido de lo que hacemos, lo cual implica
una serie de interrogaciones: ¿en qué medida nuestra organización
social, la manera en que producimos, en que consumimos,
en qué medida estos diversos factores modifican nuestro
medio ambiente? Con más precisión, ¿cómo pensar la combinación,
la interpenetración, de estos factores en su acción sobre
el medio ambiente? ¿Los efectos de estas modificaciones
sobre los individuos son favorables o no? La ecología
política nos dice cuáles son los efectos de nuestros comportamientos
y prácticas. Aclara los enredos, pero no toca a ella sino
a los hombres escoger el modo de desarrollo que desean,
en función de valores que evolucionan en el debate público.
Tomando en serio los desequilibrios ecológicos generados
por la actividad humana, la ecología política es llevada
a cuestionar la modernidad y a desarrollar un análisis
crítico del funcionamiento de nuestras sociedades industriales.
Este análisis pone en causa un conjunto de valores y de
conceptos claves sobre los cuales descansa nuestra cultura
occidental.
La naturaleza
Ya hemos mencionado
el sentimiento de potencia y de dominación sobre la naturaleza
que se ha desarrollado progresivamente a partir del siglo
XVII. Tal exaltación narcisista construyó un forma de
oposición, de antagonismo, entre el hombre y la naturaleza,
así el hombre -participando de la naturaleza- parecía
de alguna manera haberse separado de ella. En particular,
la comparación del hombre con las otras especies animales
permitía hacer manifiesta la diferencia, explicitando
su metamorfosis. El desprecio a la naturaleza hacía de
golpe banales las prácticas más degradantes hacia ella,
hacia los animales y también hacia los pueblos indígenas,
que los europeos descubrían y juzgaban "no civilizados".
La ecología política considera que han sido largamente
superados los limites de lo aceptable y que llegó
la hora de una reconsideración general de la prácticas
pero también de las representaciones, unas y otras relacionadas
entre sí. Los hombres hacen íntimamente parte de la naturaleza,
la respiran y se alimentan de ella. No hay tampoco que
caer en el exceso opuesto de una sacralización de la naturaleza.
La ecología política retoma la oposición entre naturaleza
y cultura relativizándola. Nos parece más fecundo interesarse
en la complejidad del mundo vivo, más que en la oposición
entre hombre y naturaleza. El hombre y su medio ambiente
no cesan de transformarse mutuamente; es por ende importante
convencerse que ambos están envueltos en una evolución
permanente (coevolución).
El progreso
Después de Hiroshima, Chernobyl y los agujeros de la capa de
ozono, o más recientemente la crisis de las vacas locas,
hay que reconocer que el progreso ya no aparece lineal
y sin limites: el progreso técnico no es necesariamente
sinónimo de emancipación humana ni de mejoramiento del
medio ambiente. A pesar de esto, la ecología política
no trata de rechazar la idea de progreso ni de caer en
el catastrofismo antitécnico, trata de volver a dar al
progreso técnico su lugar, porque nada permite considerarlo
virtuoso "por naturaleza".
Para los ecologistas, el desarrollo de las capacidades
humanas no es un valor en sí. La tecnología se introdujo
en nuestro mundo cotidiano trayendo consigo una nueva
vulnerabilidad, una nueva dependencia. La técnica no llegará
nunca a eliminar todos los riesgos, en cambio, provocará
nuevos. Después de haber intentado domesticar a la naturaleza,
necesitamos ahora aprender a domesticar el progreso mismo.
Lo cual implica tener siempre presente las dos caras del
progreso: solución a las crisis, por un lado, y generación
de crisis ecológicas, por otro.
El progreso de las técnicas nos dice lo que se puede hacer,
no nos dice si esto es bueno o dañino. No es debido a
que en el mañana la ciencia y la técnica nos permitirán,
sin duda, escoger el sexo, el color de los ojos y del
cabello de nuestros hijos y de las generaciones futuras,
que la elección de estas manipulaciones se impone a nosotros.
Para la ecología política, la cuestión de los valores
es independiente del cambio técnico y anterior a su aplicación.
Si el progreso de la humanidad ya no debe ser juzgado
a partir de los avances de la técnica, nos damos cuenta
que entre la razón ecológica y ecología política falta
un eslabón: principios superiores capaces de orientar
nuestras elecciones y nuestras acciones, que tengan la
fuerza y la contundencia del "no matarás".
La ecología política avanza sobre problemas que ningún
contrato social o pacto fundador entre individuos libres
regula. Obliga a redefinir los valores que guiarán el
proyecto de sociedad ecologista. Redefinir la vía de una
moral para el siglo XXI, pensarla, difundirla y ponerla
en práctica no es una cuestión simple. Se pueden esbozar
algunas líneas. La vía debe buscarse del lado de una unión
entre fraternidad y responsabilidad extendida a la naturaleza
y a las generaciones futuras. Escogiendo anteponer algunos
valores más que definir un modelo de sociedad, en la construcción
de la sociedad ecológica futura, es claro que la ecología
política espera que el camino a recorrer sea largo, incierto
y constantemente en definición. Pero allí reside la dinámica
de un movimiento que vive en contacto directo con la realidad
de las sociedades modernas, la de las sociedades en devenir.
La responsabilidad
La fuerza de las
tecnologías actuales es tal que las consecuencias sobre
el medio natural, sobre las otras especies vivas, vegetales
o animales, se multiplican. Más allá de los accidentes
ecológicos, el simple funcionamiento de muchas industrias
se sitúa en un nivel tal que la mayor parte produce efectos
dañinos sobre el medio ambiente.
Más allá de la elección de circular en coche o en tren,
el calentamiento producido por ambos influye sobre el
clima. Degradamos el ambiente que nos hace vivir. Hay
algo milagroso en nuestra tierra, hay también horror,
pero la belleza del mundo es uno de estos milagros; si
la sacrificamos, ¿qué quedará? Este ambiente que nos hace
la vida posible, que puede ser fuente de felicidad, o
mejor dicho de felicidad de estar en el mundo, este ambiente
es lo que hacemos de él, es también lo que dejamos a nuestros
hijos y a los hijos de nuestros hijos, es la cuna y la
casa que preparamos para acogerlos. Desear hijos, darles
luz sin preocuparnos de un mundo degradado que les fabricamos:
¡qué contradicción!
La solidaridad
El principio de propiedad y el poder económico que se
deriva no deberían dar a sus detentores el derecho de
gravitar sin medida sobre la vida de los demás. Peor es
lo que pasa ante nuestros ojos. Ese poder llega a veces,
indirectamente pero de manera determinante, hasta un derecho
de vida o muerte. Empuja a muchos hasta la desesperación
porque se sienten incapaces de encontrar un lugar en la
sociedad, ganarse la vida, sobrevivir dignamente, sea
que hayan sido dejados de lado desde la juventud, sea
que hayan sufrido un despido a los cuarenta años, a esta
edad crítica donde las reconversiones se vuelven para
algunos infranqueables pero donde las obligaciones familiares
se hacen aplastantes. En el Derecho y su funcionamiento
implacable, en su carácter algo sacralizado, hay un riesgo
de pérdida de sentido profundo. La riqueza de los individuos
se constituye siempre a partir de la cooperación social.
Un individuo aislado sin lazo con sus congéneres no llegaría
a sobrevivir. Si un individuo se enriquece, lo debe a
toda la cadena de sus similares que han construido el
mundo donde nació y a sus contemporáneos que han participado
directamente o indirectamente a su enriquecimiento. ¿No
llevaría esto a un deber de reciprocidad que se traduciría
en un deber de solidaridad mínimo? Una sociedad que tiende
a eliminar el principio del dono, ¿no corre el riesgo
de deshacerse, de descomponerse? La simple solidaridad
pero también la deuda directa nos impone el deber de no
quedar sordos a los males de un continente entero. Africa
se desangra y no somos inocentes.
La autonomía
La responsabilidad sería sólo aparente si no se acompañara
de la autonomía. Esta implica la reconquista por lo individuos
y las colectividades humanas del control de sus actividades
de producción, de su vida cotidiana y de sus decisiones
públicas. Se trata de traducir en actos cierto número
de fórmulas: "tomar en mano sus actividades", "participar",
"ver las consecuencias de nuestros actos". Es en distintos
niveles donde pueden situarse las implicaciones: a nivel
de la empresa, a nivel de la vida ciudadana local, regional,
nacional.
II
Volver a poner el contenido en el centro de la política
De los enunciados precedentes surge una evidencia: la
ecología es una inmensa oferta de contenidos nuevos, o
más bien un gran llamado a ocuparse del contenido. Fija
objetivos, redefine medios y estrategias, cosas que parecían
haber desaparecido de la "política", reducida a la competencia
por el poder entre hombres y partidos intercambiables
y "alternantes".
La esperanza revolucionaria se disolvió, el comunismo
fracasó, el proyecto socialista decepcionó. Portadora
de grandes ambiciones a lo largo de todo el siglo, la
política se encuentra hoy debilitada. Que de esto gane
modestia no sería un mal, pero su impotencia actual y
su desdibujamiento frente a la economía son extremadamente
peligrosos. Una sociedad sin proyecto político, dejada
a las simples fuerzas del mercado, envuelta en la espiral
del "producir más", no puede sino conducir a un crecimiento
de las desigualdades y la multiplicación de las crisis
ecológicas. Es, entonces, urgente volver a dar sentido
y contenido a la política.
La impasse del
productivismo
Las revoluciones agrarias e industriales capitalistas
han hecho posible poner fin a las crisis de carencia (hambrunas).
Han permitido al Occidente alimentar, dar un hogar, vestir,
siempre más individuos con siempre menos trabajo. El modelo
capitalista primero ha ofrecido la garantía de la supervivencia
y después, concluida la Segunda Guerra Mundial, con el
nacimiento de una nueva variante de capitalismo, que muchos
economistas llaman fordismo, la de poder "vivir bien"
o más bien aumentar el poder de consumo. El modelo capitalista
conoció diferentes variantes, pero todas se caracterizan
por un rasgo común: el productivismo. Este productivismo,
con su dinámica de producir siempre más, alcanzó hoy sus
límites.
Después de treinta años (1945-1975) de crecimiento económico,
el modelo fordista entró en crisis: crisis económica que
desemboca en los años ochenta en una variante mucho más
liberal de capitalismo, pero también, paralelamente, en
una crisis ecológica. Esta última, no tan directamente
perceptible por la opinión pública, no es menos amenazante.
La búsqueda de la economía del trabajo y de la acumulación
de capital, dos pilares del fordismo como del liberalismo,
se hizo a costa de la Tierra. Cuando el regreso del liberalismo
ha resucitado las crisis ligadas a la pobreza (enfermedades
ligadas al hambre y la insalubridad, no solamente en el
Tercer Mundo sino también en los países ricos), en el
corazón mismo del sistema capitalista se dibujó un nuevo
tipo de crisis ecológicas: las crisis de abundancia, herencia
envenenada de los milagros técnico-económicos de la posguerra.
Este nuevo tipo de crisis es mayormente amenazante porque
sobrepone efectos locales (destrucción del paisaje, contaminación
del aire, envenenamiento de las capas freáticas) y efectos
globales, es decir, que se perciben en todo el mundo cuando
provienen de disfuncionamientos localizados en sociedades
particulares.
El sistema productivista respondió al problema de la carencia
con la cantidad. Empujó hasta el exceso esta respuesta
cuantitativa produciendo un problema de calidad. Hay que
cambiar de dirección: retomar el control de la economía,
establecer las condiciones de un nuevo desarrollo domesticando
las fuerzas de mercado y de la ciencia; repensar nuestro
modelo de desarrollo partiendo de un reexamen de nuestras
necesidades. Llegó la hora de poner la pregunta esencial:
¿producir para qué?
Un nuevo modelo de
desarrollo: el desarrollo sustentable
Según la definición adoptada por la ONU, el desarrollo
sustentable es el que permite satisfacer las necesidades
de la generación actual, empezando por los que menos tienen,
sin comprometer la posibilidad para las generaciones futuras
de satisfacer las suyas.
La idea de desarrollo sustentable tiene una doble dimensión.
En el tiempo presente, supone que este modelo de desarrollo
responde a las necesidades de cada uno. En perspectiva,
supone que este modelo pueda durar. El desarrollo sustentable
incluye también la idea de redistribución (o de justicia
social) porque propone un orden en la satisfacción de
las necesidades: empezar por lo que menos tienen.
Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo reorientar nuestro desarrollo
para hacerlo sustentable? El primer imperativo es economizar
el factor Tierra, dando prioridad a las tecnologías que
economicen energía y sean más respetuosas del medio ambiente.
El segundo imperativo consiste en establecer nuevas regulaciones
añadiendo a la protección social la protección del medio
ambiente. Las herramientas existen, desde los medios reglamentarios
(leyes y normas), medios económicos (ecoimpuestos, permisos
negociables) pasando por los acuerdos de autolimitación
y los códigos de buena conducta. Algunos permiten revertir
los daños; otros, indemnizar por los daños y algunos más,
prevenir mediante la disuasión. Es sin duda la vía del
impuesto disuasivo la más prometedora porque, además del
efecto protector para el medio ambiente, proporciona a
la colectividad recursos nuevos que pueden ser destinados
a otras políticas, por ejemplo para bajar el costo del
trabajo, en el cuadro de una política de empleo, lo que
nos lleva al efecto redistributivo del modelo de desarrollo
sustentable. Los pobres no tiene en general los medios
de contaminar y son también, en muchos casos, los más
afectados por los múltiples efectos de la contaminación;
por eso, serán los grandes beneficiarios de una reorientación
general hacia el desarrollo sustentable. Los perdedores,
en el corto periodo, podrán ser las clases medias, para
las cuales las restricciones al uso libre y gratuito del
medio ambiente harían desvanecer el sueño de una generalización
del modelo de la sociedad de consumo, cuando no perciben
el carácter insostenible y peligroso de este modelo para
su propia salud. Es entonces necesario acoplar las nuevas
políticas ecologistas a las reformas sociales, sin las
cuales las primeras no serían legitimas.
Desde el punto de vista del interés general, razonando
a largo plazo, el desarrollo sustentable se vuelve una
evidencia. Desgraciadamente, esto no se impone y más bien
triunfa la formula "después de mí, el diluvio". ¿Cómo
hacer que las fuerzas sociales y políticas lo tomen en
cuenta? Seguramente podrá hacerse por medio de un intenso
debate ideológico y cultural dirigido a modificar la percepción
de los riesgos y de las ventajas, hacer progresar los
valores y las normas de la ecología. Mas allá de la política
y sus contenidos, es lo político, su campo y sus métodos
lo que hay que reconstruir.
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Repensar
lo político entre lo global y lo local
Los gobiernos parecen incapaces de resolver tanto los problemas
cotidianos como los que se existen a escala planetaria, ya
sea que se trate de impedir despidos en una empresa en excelentes
condiciones económicas o de luchar contra el calentamiento
climático. Mientras que el poder económico y financiero ya
no conoce fronteras, el poder político descansa siempre en
el principio de la soberanía estatal. La relación de fuerza
es, entonces, no solamente desigual sino invertida. Para volver
a dar a lo político su credibilidad y los medios para actuar
es indispensable encontrar un nuevo equilibrio.
"Pensar globalmente, actuar
localmente"
La mundialización y las fuertes tensiones que sacuden los
a los Estados nacionales -cuando no llegan a hacerlos explotar-
refuerzan la pertinencia de este eslogan que floreció entre
los ecologistas de los años setenta.
Pensar globalmente
Es necesario pensar en términos globales porque la ecología
política hace suyas máximas que podría ser las del humanismo
en general: "Soy hombre, y nada de lo que es humano me es
ajeno", "Somos todos responsables de todo y ante todos, y
yo particularmente". Pensar globalmente es elevarse a una
visión planetaria que el saber ecológico hizo posible: visión
del estado del planeta, de su degradación continua, del juego
complejo de causas y consecuencias y, en este juego, un aspecto
esencial, la parte de la actividad humana bajo sus distintas
formas. Este aspecto es esencial porque la "dominación de
la naturaleza" es un fantasma que parece oportuno no convocar
demasiado; por otra parte, podemos y debemos esperar controlar
la actividad humana.
Actuar localmente
Es la voluntad de hacerse cargo del medio, de
actuar a su escala. Contra el centralismo, contra la tecnocracia,
es la reivindicación de un derecho: el del acercamiento del
poder político a los ciudadanos, de una regionalización o
municipalización del poder político, o sea de una reapropiación
de lo político sin delegaciones ni subordinaciones. Es el
pensamiento de lo global que llama a nuestra responsabilidad
local y los deberes que de allí descienden: actuar localmente
porque allí se pueden medir los enredos y las consecuencias
de los actos y, si no se hace, se cae en el infantilismo,
la recriminación estéril y reiterativa que interina y perpetúa
el estado de cosas. Escasos son los que imaginan hasta qué
punto las consecuencias de sus propios actos, mínimos a sus
ojos, se vuelven enormes y cambian de escala cuando éstas
son ampliadas por el numero de los actores. Aun cuando lo
supieran, ¿sería suficiente? ¿Podemos esperar que lo tomarían
en cuenta? "Nuestro modo de vida no es negociable", dijo el
expresidente estadunidense George Bush en las negociaciones
de Río.
Actuar globalmente, pensar
localmente
A ese cinismo y a ese
egoísmo, qué respuesta oponer sino la necesidad de leyes,
leyes globales porque hay que impedir a los hombres que provoquen
daños a nivel global. Si hay que actuar globalmente, hay que
convencer, en el terreno, mediante compromisos locales, a
aceptar leyes globales. Actuar globalmente, pensar localmente,
tal debe ser también el eslogan de una ecología política pragmática
y realista.
Actuar globalmente
Es fijar reglas de orden superior a las escalas tradicionales
(el Estado-nación, en particular) y darse los medios para
aplicarlas. Se trata de eliminar los efectos perversos ocasionados
por ciertas interacciones, impedir los comportamientos que
parecen localmente positivos pero que pueden tener consecuencias
desastrosas para el conjunto. En una palabra, esto consiste
en poner reglas al juego ciego de los egoísmos, las competencias
en el mercado y las relaciones de poder geopolítico, para
privilegiar las prácticas mutuamente provechosas.
Pensar localmente
Este aspecto constituye,
a nuestros ojos, la llave. Pensar globalmente: los teóricos
para hacerlo no faltan y en Francia menos que en otras partes.
Actuar globalmente es elaborar tratados internacionales y
leyes y decretos nacionales correspondientes. En poner esto
en marcha individualmente y localmente es donde empieza la
dificultad, porque las reglamentaciones no surten efectos
si los ciudadanos no creen en su utilidad ni se convencen
de que tienen sentido, que el desagrado de la constricción
tiene su justificación. En las sociedades democráticas, esta
justificación supone al adhesión a principio del interés general,
lo que implica que se resientan individualmente o por lo menos
localmente las ventajas.
El ejemplo de la III República en Francia ofrece una excelente
ilustración. El mecanismo de la escuela fue esencial: mediante
ésta se difundieron los valores de esta república que, un
siglo más tarde, resucitaba los de la Revolución. Es por medio
de los maestros como se transmitieron los principios elementales
de la moral y la instrucción cívica que fueron decisivos para
los avances humanos y sociales del final del siglo XIX. Esto
se logró porque, frente a la Iglesia y los notables tradicionales,
se supo convencer una población mayoritariamente rural, de
los beneficios de la educación, y los maestros participaron
en la gestión de las comunas y en la promoción social de los
niños. De la misma manera, es teóricamente fácil entender
que la lucha contra el efecto sierra implica la disminución
de la circulación de automóviles. Esto no se logrará culpabilizando
a los automovilistas por los efectos catastróficos de su comportamiento
sobre Bangladesh en 2050, sino valorando el silencio y el
aire menos dañino de una ciudad con circulación restringida.
Sin adhesión de los actores, nada durable puede lograrse.
Es precisamente lo que entendemos por la formula "pensar localmente".
Para la ecología política, es obrar para que se desarrolle
la toma de conciencia acerca de los efectos a distancia de
la vida de cada uno, de tal forma que sea concreta la justificación
de los límites impuestos por la ley; es hacer madurar, poco
a poco, en las comunidades locales la conciencia de un destino
común del género humano, de necesidades comunes, de ventajas
recíprocas superiores, y actuar políticamente para codificar
internacionalmente las reglas que las mayorías locales están
listas para aceptar.
Conclusión
Eramos, hace poco, 6 mil millones de seres humanos, similares
según todavía se dice, si remitimos a las figuras que el camino
del mundo y los medios sacan de esta masa anónima. De un lado
está el horror: los hombres del GIA argelino, las milicias
serbias en Bosnia y en Kosovo, los virtuosos del machete en
Rwanda. Otros hombres, sus similares, se llaman E. Levinas,
P. Ricoeur, H. Jonas y nos invitan a otras relaciones humanas.
Se necesita un singular esfuerzo de imaginación para decirles,
a unos y a otros, similares. Pero sabemos que el hombre no
es eso ni esto. Es un devenir y una construcción. Las relaciones
sociales en las cuales tomamos parte de la infancia a la vejez
son esenciales. Tendemos por consiguiente hacia una humanidad
bárbara o civilizada. Tal es el enredo que se presenta a la
ecología política. Estamos convencidos de que será llamada
a marcar con un sello durable la humanidad de mañana.
Publicado originalmente en AGIR, Revue générale de stratégie, No. 3, marzo de 2000.
Traducción del francés de Massimo Modonesi.
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